LAS VISTAS DE LOS DIOSES

A Xove, dicen los estudiosos, le podría venir el nombre de algún templo o altar dedicado a Júpiter. Y sea más o menos atinada esa teoría, lo cierto es que no cuesta mucho relacionar a cualquier deidad con unos paisajes tan majestuosos y abruptos como estos. La naturaleza ha creado en la zona acantilados como los de Morás y espacios como el que rodea el faro y los miradores de Punta Roncadoira; también cascadas como la del Pozo da Ferida y arenales como los de Esteiro o Portocelo. Todo parecen escenarios concebidos para acontecimientos memorables, y quizá por eso no es extraño que algunos quieran ver en el monte Medela al legendario Medulio, aquel en que se suicidaron los últimos resistentes a Roma.

Faro de Punta Roncadoira

A poco que uno abra los ojos y mire con calma lo que tiene a su alrededor, es difícil que no quede abrumado por el paisaje que se extiende ante el faro de Punta Roncadoira. Lo agreste de este tramo de costa y las imponentes vistas de las aguas del Cantábrico, la ría de Viveiro y las islas cercanas, convierten al lugar en un espectáculo que hará bien en no perderse cualquiera que se acerque a Xove.

Playa de Esteiro

El pacífico arenal de Esteiro, poco afectado por la urbanización, es apreciado por los que buscan playas de aguas transparentes alejadas del bullicio y la multitud. Pero, por si no fueran bastantes esas virtudes, Esteiro resulta además una playa idónea para la práctica de deportes náuticos y sirve de marco a varios cursos de surf que se celebran durante la temporada veraniega.

Mirador de Monte Castelo

Sobre la cumbre de Punta Roncadoira hay dos bancos que legítimamente podrían aspirar al disputado trono de banco más bonito del mundo. No es extraño que, en un lugar como este, la tradición sostenga la existencia de un castillo en algún tiempo remoto. Si lo hubo, sus defensores debieron de disfrutar del privilegio de estas vistas igual que hoy lo hacen quienes vienen aquí a asomarse al aire y al mar.

Portocelo

Su nombre parece provenir del latín Portucellus, que viene a significar «puerto pequeño», y tanto ese puerto como sus dos playas vecinas se encuentran en una ensenada cuya estrecha entrada calma el oleaje del Cantábrico. Ambos arenales forman uno solo cuando la marea baja, y lo abrigado de su situación y lo tranquilo de sus aguas los convierten en lugares especialmente agradables para el baño.